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6 sept. 2009

Corazon de tinta

Aquella noche llovía. Era una lluvia fina, murmuradora. Incluso
años y años después, a Meggie le bastaba cerrar los ojos para oír
sus dedos diminutos tamborileando contra el cristal. En algún lugar
de la oscuridad ladraba un perro y Meggie no podía conciliar el
sueño, por más vueltas que diera en la cama.
Guardaba debajo de la almohada el libro que había estado
leyendo. La tapa presionaba su oreja, como si quisiera volver a
atraparla entre las páginas impresas.


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