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6 sept. 2009

Sangre de tinta Cornelia Funke


Anochecía y Orfeo aún no había llegado.
El corazón de Farid latió más deprisa, como siempre que el día lo dejaba a solas con la oscuridad. ¡Maldito Cabeza de Queso! ¿Dónde se habría metido? En los árboles enmudecían ya los pájaros, ahogados por la noche que se avecinaba, y las cercanas montañas se teñían de negro, quemadas por el sol poniente. Pronto el mundo estaría tan negro como ala de cuervo, incluso la hierba bajo los pies desnudos de Farid, y los espíritus susurrarían de nuevo. Farid sólo conocía un lugar en el que se sentía seguro ante ellos: detrás y muy pegado a Dedo Polvoriento, tan pegado que sentía su calor. Dedo Polvoriento no temía a la noche: es más la amaba.

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